*OVS más alla de la radiofonia

Señal para el cine argentino

Posted on: septiembre 23, 2007

 El film de Darín marca el camino para recuperar un cine comercial de calidad

Reconforta un poco, pero no soluciona nada de la crisis de fondo que sufre hace ya rato el cine argentino, el sostenido interés del público por ver La señal , el film dirigido y protagonizado por Ricardo Darín, que, con suerte, este fin de semana podría alcanzar los 200.000 espectadores en apenas once días de exhibición, al tope de las películas más vistas.

La cifra es por demás elocuente en un año especialmente mustio para la producción vernácula: tras cuarenta estrenos nacionales que han tenido lugar en lo que va de 2007, ninguna realización argentina arañó el millón de entradas (la que estuvo más cerca fue Incorregibles , una propuesta más que popular y liviana, con Guillermo Francella y Dady Brieva, que vendió 763.739 tickets) y apenas siete pudieron superar las cien mil entradas vendidas.

La proliferación abusiva de improvisadas óperas primas y de obras, en más de un sentido, oscuras y, en muchos otros, fatuas, cuyos realizadores ni siquiera se interesan por dirigirse a algún público determinado y sólo buscan cobrar el subsidio estatal, el tibio aplauso de sus microscópicos entornos y convertir sus films en meros salvoconductos con acceso libre a algunos de los tres mil festivales anuales que hay en el mundo (a estas alturas, ya convertidos en un restringido y oneroso circuito de exhibición, en el que se suelen cocinar vanidades al calor de los dineros públicos de distintas procedencias) crea una sobreoferta artificial de títulos que carecen de demanda. Todo ese proceso termina por dañar las posibilidades de aquellas producciones que sí podrían generar adhesión. El público mayoritario, cansado de tanto fiasco, se ha vuelto cada vez más escéptico y refractario al cine hecho fronteras adentro y le resulta difícil distinguir entre lo que vale la pena y lo que no.

Complican, además, los cada vez más agresivos y hegemónicos desembarcos del cine norteamericano, con colosales presupuestos para inundar la plaza de copias y de vistosos lanzamientos que llevan de las narices hasta a los espectadores más listos y que asfixia al resto de la cartelera.
* * *

El problema es más grave de lo que parece: la eventual recaudación de una película nacional de respetable éxito, aun sumando el apoyo estatal que pudiese conseguir, no alcanza, no obstante, para cubrir sus costos.

Un film como La señal -que requirió una inversión cercana a los dos millones de dólares-, en el mejor de los casos estaría recuperando la mitad o menos de lo que costó, y eso porque “le está yendo bien”. Hay un problema estructural insuperable de economía de escala que ya hace tiempo no permite ni siquiera cubrir los costos de los films nacionales con repercusión que ostentan cierta calidad de producción y figuras cotizadas, si no logran un respaldo financiero de socios extranjeros. En el caso de la película escrita y soñada por Eduardo Mignogna, pero que finalmente la filmó tras su muerte su equipo técnico, con Martín Hodara y Darín a la cabeza, hubo que armar un verdadero andamiaje de empresas nacionales (Pampa Films, Patagonik, Retratos y Telefé) e internacionales (las españolas Wanda Visión y Fénix) para sostener el proyecto y ejecutarlo con un nivel de calidad sustentable y una recuperación de la inversión que terminará de cerrar cuando la película se estrene en otros mercados y, particularmente, cuando sea comprada por algunas televisoras extranjeras (pata inexplicablemente inexistente en el nivel local, donde los canales privados de aire casi no realizan este tipo de operaciones y sólo espasmódicamente programan películas argentinas).

La extinción casi total de las grandes productoras locales de cine que supo haber en otra época y que fueron la gran fortaleza de nuestro cine industrial y el redireccionamiento operado en el sistema de fomento que empezó a dejar de lado a aquéllas para derivarlo a proyectos personales de realizadores sueltos desmembraron las estrategias de las grandes compañías argentinas hasta borrarlas del mapa o reducirlas a su más mínima potencia.

La mayoría de los proyectos que llegan a los comités de selección del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) no tienen estructura empresaria y por eso iniciativas con la solidez de La señal son más que contadas. En su lugar el estímulo indiscriminado, sin vocación industrialista, con increíble desprecio elitista hacia el cine comercial de calidad (que es nada más y nada menos que el que ve el gran público) alienta, en cambio, la multiplicación de proyectos frágiles y confusos que, a falta de inversores genuinos, mendigan recursos al Estado y así salen a filmar en inferioridad de condiciones, sin buenas ideas, con guiones precarios y actores amateurs.

Bienvenida, pues, La señal como síntoma auspicioso de un cine posible que alguna vez los argentinos supimos tener. Habrá que trabajar mucho y duro para recuperarlo.

Por Pablo Sirvén

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